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Cómo superar una ruptura, entre el dolor y la rabia

Carolina Barrios · Publicado en Sapos y Princesas, octubre de 2021

Según las estadísticas en España, casi el 80% de las separaciones y divorcios se realizaron de mutuo acuerdo. La mayoría había durado un promedio de 16 años y de quienes tenía hijos el 40% decidieron la custodia compartida. De todas maneras, cuando de una separación se trata, no son las estadísticas las que interesan sino el torbellino de decisiones, cálculos, estrategias, resignaciones e innumerables vaivenes emocionales que cada persona haya tenido que atravesar.

Cuando hablamos de ruptura, hablamos de un proceso en el que tenemos que incluir todo el tiempo previo a dar el paso, incluso el tiempo previo a conseguir comunicar a la pareja la intensión de separarse. Más allá de las cuestiones legales o económicas, nos referimos a los meses e incluso años rumeando los pros y los contras de romper con un proyecto común. Todo ese tiempo invertido en evaluar si era posible y merecía la pena apostar por continuar o si solo suponía aguantar por diferentes motivos.

Distintas situaciones en las que las cosas ya no marchaban al ritmo deseado, pero se sostenía la esperanza que el otro cambiara por amor; o cuando se era consciente de ser parte de las dificultades pero no conseguía o no quería cambiar; o quienes claramente han intentado hasta el agotamiento que la relación funcionara sin éxito.

Llegado el caso de la decisión tomada, toda separación es dolorosa incluso para quien lo desea con firmeza. Las razones parecen evidentes para los que se vieron arrastrados por una sentencia que no tomaron, enfrentándose por narices a un proceso de reorganización vital en todos los sentidos, que tampoco querían. Ante la pérdida, el trabajo de duelo que se inicia es un camino largo y sinuoso, de distinta intensidad para cada uno.

El grado del sufrimiento y el tiempo necesario dependerá de cuánto se había entregado el valor de su vida a la otra persona, del grado de dependencia en todos los sentidos y de cuán advertido estuviera de que la relación se acercaba a su fin.

Es lógico y natural que durante este proceso se pierda el interés por el mundo exterior y no necesariamente está reacción indica un estado depresivo, salvo que se extienda en el tiempo o realmente impida realizar las rutinas cotidianas.

El duelo es un proceso que supone desprenderse del pasado común, pero no solamente, se habrán de abandonar también las ilusiones no realizadas, aquel futuro imaginado tantas veces y de tantas formas diferentes que ya no llegará, y ese recorrido implica un esfuerzo psíquico que dejará poca energía para el resto de actividades.

Pero también duele para quienes han tomado la decisión, aún sintiéndose liberados de esa ancla en que se había transformado el matrimonio. Duele porque no solamente se deja al compañero o compañera, sino que en la separación se pierde una parte de uno mismo, se pierde todo lo que uno significaba para la otra persona. Hay una parte que solo existió en esa relación, cientos de situaciones, de esas rutinas que finalmente nos sostienen diariamente y que será inevitable deshacer para encontrar otras. Porque las relaciones también nos dan una identidad, la pareja de…, el padre o la madre de…

Una vez que se inicia ese proceso de disputas y consentimientos, inclusive de común acuerdo, la mayoría de las veces es necesaria la rabia para poder separarse. En muchas ocasiones, el odio es un mecanismo que ayuda a acelerar ese proceso tan difícil de concretar. Uno se enfoca en todo el dolor que ha pasado, en las frustraciones constantes, las falsas expectativas, las incesantes promesas no cumplidas.

Sin embargo, ese odio no siempre está provocado por el partenaire, sino también por el despertar de la propia ceguera de tantos años. Si bien la ira, el desprecio o la rabia son parte del proceso de una separación, es difícil de reconocer que también están dirigidas hacia uno mismo por haber sido parte activa de lo que no funcionaba, de no haber visto las señales que indicaban que no había un proyecto común, o por haber justificado los indicios del desamor.

Aun cuando nos toma por sorpresa, con el tiempo y poco a poco se empieza a reconocer los motivos por los que no ha sido posible continuar juntos y por los que merece la pena la oportunidad de rehacer su proyecto de vida.

Que un matrimonio o una pareja no funciona nunca es responsabilidad de uno solo. Quien no asuma su parte se mantendrá enquistado en un mayor resentimiento que tendrá como consecuencias menos posibilidades de elaborar la pérdida, de recuperarse, pero sobre todo es muy probable que repita los mismos errores.

Carolina Barrios, psicóloga en Madrid. Consulta en Aravaca y en Chamberí.

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