Habiendo acondicionado espacios, organizado los horarios, cambiado la silla y el escritorio para trabajar desde casa, la yincana de adaptaciones continúa. Como si no hubiéramos tenido ya suficientes pruebas de resistencias, nos topamos con algo un poco más complicado de amoldar y es la convivencia 24/7 con la pareja.
A la vez que el espacio familiar y privado ha sido invadido por el teletrabajo, el universo entero se ha reducido a unos pocos metros cuadrados. En las familias con hijos, al menos ellos van al cole ¡Y pensar cuánto habíamos deseado tener más tiempo para dedicarles! Por el contrario, ahora lo más apetecible sería volver a la oficina.
Seres sociables por naturaleza, forzados a relacionarnos casi exclusivamente con él o ella, aún con todo el cariño del mundo, es difícil no obsesionarse prestando atención a todas “sus manías”, las de él o las de ella. Cómo cierra o abre las puertas, cómo sorbe el café, las veces que se levanta a picar algo, esa manera de fregar lo limpio. Si golpea la puerta o irrumpe para preguntar obviedades justo cuando estoy en una reunión. Si su voz, porque habla con los pinganillos puestos, se escucha por toda la casa, mientras deambula por el salón.
Verlo o verla día tras día con ropa de andar por casa. ¡Qué pintas! O, si aprovecha a encerrarse en el improvisado despacho y se desentiende del resto de malabares organizativos.
Por no entrar en los temas de conversación. Cómo variar si la rutina es de las más repetitivas a las que nos hemos enfrentado en toda la vida. Hasta el monotema de los hijos, en este momento no es un contenido ameno como para distraerse un poco, porque ellos también están necesitados de vida social externa a la familia y no nos aguantamos ninguno.
Llega un punto en que ni siquiera interesa mirar la misma serie, buscando un momento de intimidad cada uno con su ordenador o Tablet en la misma cama.
¿De qué chistera sacar ánimos e ideas para recuperar situaciones amorosas? Lo cierto es que no hay libido que aguante, porque para desearse es esencial echarse de menos. Separarse unas horas al día para volver con ganas, distraerse con otras situaciones que nos permitan recuperar el buen ánimo.
En primer lugar, tenéis que saber que no tiene que ver con la pareja en sí misma, sino con la imposición de pasar tantas horas con la misma persona y ese tedio o malestar se despertaría con cualquier otra compañía.
Uno de los cuidados fundamentales, es que el espacio que cada uno dedica a teletrabajar sea un templo sagrado en el que el otro o la otra no pase ni interrumpa durante las horas convenidas. Incluso cuando no sea una habitación especial sino un rincón de salón sin paredes. Evitar la tentación de ir a consultarle si la receta lleva mantequilla o aceite, o cuánto falta para que termine termina. Evitar también encerrarse más tiempo del necesario y, en cambio, reunirse a tomar un aperitivo.
Volver a ser tolerantes y respetuosos con algunas manías, gustos o preferencias de la pareja sin burlarse o ensañarse. Cada uno con las suyas. Si resulta difícil, por suerte, en este momento podemos salir a despejarnos dando un paseo, que además vendrá bien para no anquilosarnos.
Proponer treguas, aplazar quejas o reclamos que tal vez con los días pierdan importancia. Calcular el tiempo que se desperdicia mientras se está rumiando sobre los caprichos o chifladuras de él o ella y cambiar el foco hacia uno mismo, y hacer el esfuerzo de analizar en qué estamos cargando las tintas. Preguntarnos si tendremos siempre la razón, o tal vez él o ella también la tengan…al menos una vez y, en esa ocasión, disculparnos.
Recordar tener un mimo cada tanto, darle un gusto que le sorprenda. Usar la imaginación para hacer una noche temática. Así como cada uno sabe qué decir para hacer que se pique o incluso estalle, también cada uno sabe qué detalle puede sacar una sonrisa o hacer que se calme. Está en nuestras manos elegir qué palabra usar: la conciliadora o la beligerante. No es tiempo de sumar luchas, sino de ceder y dejar pasar.
Carolina Barrios, psicóloga en Madrid. Consulta en Aravaca y en Chamberí.